… Un día quiere volarse la tapa de los sesos porque no puede soportar más este agujero inmundo que es Europa; el día siguiente habla de ir a Arizona, “donde te miran directamente a los ojos”.
-¡Hazlo! - le digo-. Haz una cosa u otra, idiota, pero ¡no intentes empañar mi visión sana con tu aliento melancólico!
Pero ¡no hay remedio! En Europa te acostumbras a no hacer nada. Te pasas el día con el culo pegado a la silla y gimiendo. Te contagias. Te pudres.
Fundamentalmente, Carl es un esnob, un capullo aristocrático que vive en un reino de demencia precoz propio. “¡Odio París!”, gime. “Todos esos estúpidos que se pasan el día jugando a las cartas… ¡Míralos! ¡Y escribir! ¿De qué sirve poner una palabra tras otra? Puedo ser un escritor sin escribir, ¿no es cierto? ¿Qué demuestra el hecho de que escriba un libro? Y, en cualquier caso, ¿para qué queremos los libros? Ya existen demasiados libros…”
¡No te jode! Pero, si yo ya he pasado por todo eso: hace muchos años. Ya he superado mi juventud melancólica. Me importan tres cojones el pasado y el futuro. Estoy sano. Incurablemente sano. Sin penas, sin remordimientos. Sin pasado, sin futuro. Tengo bastante con el presente. Día a día. ¡Hoy! Le bel aujourd’hui!
Henry Miller, Trópico de Cáncer
Non mi aiuti, non mi servi. ciao.
Siempre pienso en esta época, cuando vivíamos juntos en Clichy, parece un pedazo del Paraíso. Sólo había un auténtico problema, que era la comida. Todas las otras dolencias eran imaginarias. Yo acostumbraba a decirle eso de tanto en tanto, cuando se quejaba de ser un esclavo.
Acostumbraba a decir que yo era un optimista incurable, pero no era optimismo, era la profunda comprensión de que aunque el mundo estaba ocupado cavando su propia tumba, todavía quedaba tiempo para disfrutar de la vida, para estar alegre, despreocupado, para trabajar o no trabajar.
Magia…